Yo todavía no lo sabía, pero aquella criatura estaba a punto de obligarme a demostrar si de verdad quería vivir por mi cuenta.
PARTE 2
La primera mañana entendí que comprar el rancho había sido la parte fácil. El techo goteaba, la chimenea estaba medio tapada, el mango del azadón bailaba y la yegua estaba demasiado flaca para estar preñada.
Un vecino, don Bardomiano, llegó montado en una mula y me trajo una reata de ixtle suavizada con sebo.
—La yegua se llama Cenicera —me dijo—. Y a la cabra yo le digo la Madrina, porque siempre anda cuidándola.
También encontré un cuaderno viejo del antiguo dueño. Ahí había fechas de siembra, instrucciones para ordeñar, un mapa del manantial y notas sobre los partos de Cenicera. Siguiendo esas páginas aprendí a ordeñar a la Madrina, a mezclar avena con piloncillo para la yegua y a buscar un manantial escondido 200 metros arriba, detrás de una piedra redonda. Cuando vi correr aquella agua limpia hacia el terreno, sentí que el rancho empezaba a despertarse conmigo.