Después de 12 años cuidando la casa, los nietos y hasta la ropa de mi hijo, una noche me dijo sin mirarme: “Mamá, ya es hora de que recuperes tu independencia”. Entré a mi pequeño cuarto, saqué de una Biblia el sobre donde había guardado durante años mi pensión y, por primera vez, conté el dinero. Días después compré un viejo rancho en Hidalgo; cuando mis hijos se enteraron, comenzaron a cuestionar mi decisión y si realmente podía vivir ahí sola.

Yo todavía no lo sabía, pero aquella criatura estaba a punto de obligarme a demostrar si de verdad quería vivir por mi cuenta.

PARTE 2

La primera mañana entendí que comprar el rancho había sido la parte fácil. El techo goteaba, la chimenea estaba medio tapada, el mango del azadón bailaba y la yegua estaba demasiado flaca para estar preñada.

Un vecino, don Bardomiano, llegó montado en una mula y me trajo una reata de ixtle suavizada con sebo.

—La yegua se llama Cenicera —me dijo—. Y a la cabra yo le digo la Madrina, porque siempre anda cuidándola.

También encontré un cuaderno viejo del antiguo dueño. Ahí había fechas de siembra, instrucciones para ordeñar, un mapa del manantial y notas sobre los partos de Cenicera. Siguiendo esas páginas aprendí a ordeñar a la Madrina, a mezclar avena con piloncillo para la yegua y a buscar un manantial escondido 200 metros arriba, detrás de una piedra redonda. Cuando vi correr aquella agua limpia hacia el terreno, sentí que el rancho empezaba a despertarse conmigo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *