—No está roto. Va a doler unas semanas.
—¿Y si vuelve a pasar?
Soltó una carcajada.
—Ya sabe qué hacer. Nomás no se me crea veterinaria por una noche, ¿eh?
Me reí con ella.
Diciembre y enero cambiaron el rancho. La Madrina volvió a darme leche suficiente para hacer requesón. Compré 12 gallinas criollas y una, la más oscura, empezó a esperarme cada mañana junto a la puerta del gallinero; la llamé Solita. Limpié parte de la acequia con Bardomiano hasta lograr que el agua del manantial volviera a bajar al potrero. En el huerto salieron rábanos, cilantro, cebolla, calabaza y los primeros jitomates verdes.
Doña Felisa, la de la tienda, probó mi requesón y me dijo:
—Esto se vende, comadre.
—¿Neta?
—Neta. Tráigame 2 el viernes.
Llevé 2. Luego 3. Después 5.
Guardaba ese dinero en una lata de café y lo gastaba en cosas del rancho: botas de hule, semillas, una lámpara mejor, clavos, una sartén que no tuviera el fondo vencido. Era poco, pero cada peso tenía un sabor distinto porque lo había ganado yo, sin pedir permiso y sin tener que explicar en qué lo usaría.