Nada.
Le froté el pecho. Le limpié otra vez el hocico. Lo moví con firmeza.
—No me hagas esto. Respira.
Tosió.
Fue apenas un sonido húmedo, pequeño.
Luego tosió otra vez y abrió un ojo enorme.
Me senté en la paja y empecé a reír y a llorar al mismo tiempo.
Cenicera levantó la cabeza. Olfateó a su cría y comenzó a lamerle el lomo. Yo esperé hasta que el cordón dejó de latir, hice lo que había aprendido y revisé que todo hubiera terminado bien. Después enterré lo que debía enterrarse detrás del encino, como indicaba el cuaderno del antiguo dueño.
A las 4:20 de la mañana, el potrillo logró ponerse de pie.
Se cayó.
Volvió a intentarlo.
Se cayó otra vez.
En el tercer intento quedó parado con las patas abiertas, temblando como una mesa mal nivelada. Buscó a su madre y empezó a mamar.
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