Después de 12 años cuidando la casa, los nietos y hasta la ropa de mi hijo, una noche me dijo sin mirarme: “Mamá, ya es hora de que recuperes tu independencia”. Entré a mi pequeño cuarto, saqué de una Biblia el sobre donde había guardado durante años mi pensión y, por primera vez, conté el dinero. Días después compré un viejo rancho en Hidalgo; cuando mis hijos se enteraron, comenzaron a cuestionar mi decisión y si realmente podía vivir ahí sola.

Esa semana hice testamento. Dejé escrito que el rancho no se ganaría por apellido, sino por presencia y cuidado.

Pasaron las semanas. Cenicera empezó a comer de mi cubeta, luego aceptó la reata y después me permitió tocarle el vientre. Sentí al potrillo moverse por primera vez bajo mi mano.

La mañana del 22 de noviembre amaneció con una neblina tan cerrada que apenas se veía el corral. Cenicera estaba sudando y respiraba con dificultad.

Corrí a buscar a doña Romualda. Tenía que salir a atender a su hija. Bardomiano estaba en Pachuca.

Regresé sola.

Horas después, cuando rompió fuente, me lavé las manos hasta los codos y miré.

No venían 2 patas delanteras y el hocico.

Venía la cola del potrillo, una sola pata trasera… y la otra estaba atorada adentro.

PARTE 3

Se me vino a la cabeza la voz de doña Romualda: “Aprenda como si fuera a estar sola”.

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