Esa semana hice testamento. Dejé escrito que el rancho no se ganaría por apellido, sino por presencia y cuidado.
Pasaron las semanas. Cenicera empezó a comer de mi cubeta, luego aceptó la reata y después me permitió tocarle el vientre. Sentí al potrillo moverse por primera vez bajo mi mano.
La mañana del 22 de noviembre amaneció con una neblina tan cerrada que apenas se veía el corral. Cenicera estaba sudando y respiraba con dificultad.
Corrí a buscar a doña Romualda. Tenía que salir a atender a su hija. Bardomiano estaba en Pachuca.