Podían estabilizarlo mientras buscábamos una solución, pero no convenía retrasar demasiado la intervención.
Durante los dos días siguientes prácticamente viví entre la clínica y mi patrulla.
Entraba a verlo.
Bruno estaba detrás de un cristal, conectado a tubos, con parte del costado rasurado.
Cuando escuchaba mi voz, abría un poco los ojos.
A veces golpeaba una sola vez la cama con la cola.
Nada más.
Y yo salía de allí intentando convencerme de que encontraría una forma.
Había ahorros.