Su perro recibió una bala por salvarlo, pero lo que hizo el pueblo tres días después lo cambió todo

Sentí que podía respirar otra vez.

Pero ella no había terminado.

—El proyectil se fragmentó. Hay daño interno. Una parte alcanzó el bazo y también lesionó una arteria. Necesita una cirugía especializada.

—Háganla.

Lo dije sin preguntar nada más.

La doctora bajó la mirada.

—Es una intervención complicada. Y costosa.

—No importa.

Entonces me dio la cifra aproximada.

Podía superar los ciento ochenta mil pesos entre cirugía, especialistas, medicamentos, hospitalización y cuidados posteriores.

Me quedé mirándola.

Yo no tenía ese dinero.

La corporación tenía recursos destinados a emergencias veterinarias de los perros de servicio, pero existían límites administrativos. Podían cubrir una parte importante del tratamiento inicial, aunque aquella operación superaba con mucho el presupuesto disponible.

Bruno figuraba en documentos como un perro de trabajo asignado a la unidad.

Yo entendía que las instituciones funcionan con reglas.

Pero sentado en aquel pasillo, esas reglas sonaban terriblemente frías.

Para ellos podía ser un ejemplar operativo.

Para mí era familia.

La doctora me explicó que teníamos poco margen.

Podían estabilizarlo mientras buscábamos una solución, pero no convenía retrasar demasiado la intervención.

Durante los dos días siguientes prácticamente viví entre la clínica y mi patrulla.

Entraba a verlo.

Bruno estaba detrás de un cristal, conectado a tubos, con parte del costado rasurado.

Cuando escuchaba mi voz, abría un poco los ojos.

A veces golpeaba una sola vez la cama con la cola.

Nada más.

Y yo salía de allí intentando convencerme de que encontraría una forma.

Había ahorros.

parte2

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