—¿Bruno?
Asentí.
—Está grave.
No dije más.
Pagué el café y salí.
Me senté en la patrulla.
El espacio donde normalmente viajaba Bruno estaba vacío.
Nunca me había parecido tan grande.
Al día siguiente regresé a la cafetería.
Entré pensando únicamente en conseguir café y volver a la clínica.
Entonces vi el mostrador.
Habían colocado un frasco transparente.
Tenía billetes de veinte, cincuenta, cien y doscientos pesos.
Junto al frasco había un dibujo hecho con colores.
Era un perro pastor alemán.
Debajo se leía, con letras torcidas de niño:
“PARA BRUNO. ÉL TAMBIÉN ES DE TODOS NOSOTROS.”
Me quedé inmóvil.
Mariana fingió estar acomodando unas cosas.
—Mi hijo hizo el dibujo —dijo finalmente—. Siempre corre a la ventana cuando pasan ustedes cerca de su escuela.
Miré otra vez el frasco.
Había más dinero del que esperaba.