Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.