PARTE 1
El marido perfecto no es el que te trae flores todos los días a tu cama de hospital; a veces, es el que se está asegurando personalmente de que no salgas viva de ahí.
Alma caminaba por el pasillo del área de cardiología del Hospital General. Sus zapatos blancos de goma rechinaban suavemente contra el linóleo gastado. La mitad de las luces fluorescentes del techo parpadeaban y la otra mitad llevaba meses fundida, sumergiendo el largo corredor en una penumbra amarillenta. Olía a cloro, a la avena fría de la cafetería y a ese aroma inconfundible de hospital público en México: una mezcla de antiséptico y desesperanza que se te mete en el cabello y en la ropa, y que ninguna ducha logra quitar del todo.
El reloj sobre la estación de enfermeras marcaba poco más de las ocho de la noche. Alma comenzaba su turno nocturno, el tercero de la semana. Tenía 24 años, se había graduado de la carrera técnica de enfermería hacía dos y desde entonces su vida giraba entre esas paredes despintadas y un minúsculo cuarto de azotea que rentaba en una colonia popular, donde los perros ladraban toda la madrugada. Su sueldo apenas le alcanzaba para la renta, la despensa y el pasaje del microbús. No sobraba para lujos.