Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

—Buenas noches, Doña Gloria. Le traigo su medicamento —dijo Alma con voz suave.

La mujer, que alguna vez debió ser imponente pero hoy lucía frágil y ceniza, clavó sus ojos oscuros en la joven enfermera. Una mano huesuda, pero con uñas perfectamente esmaltadas, salió de las sábanas y agarró la muñeca de Alma con una fuerza sorprendente.

—Cierra la puerta —susurró Gloria. No era una petición, era una súplica cargada de pánico—. Cierra la puerta, por favor. Eres la única en la que puedo confiar.

Alma, desconcertada, cerró la puerta.

—Mi esposo y el doctor Osvaldo… hicieron un trato —la voz de Gloria temblaba, pero sus ojos estaban llenos de una lucidez aterradora—. Ayer me levanté al baño y los escuché en el pasillo. Roberto dijo: “Dos semanas más, a lo mucho. Lo importante es que parezca natural”. Y Osvaldo le contestó: “El plan funciona, la estadística empeora, nadie va a sospechar de un infarto”.

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