Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

—¿Señorita Alma? Hablamos de Análisis Clínicos Especializados. Tenemos los resultados urgentes que solicitó para la paciente Gloria Mendoza.

—Dígame —susurró Alma, mirando a todos lados.

—Encontramos niveles tóxicos de Digoxina. Una concentración de 3.8 nanogramos por mililitro, muy por encima del rango terapéutico. Al combinarse con la Amiodarona que está en su sistema, el riesgo de una arritmia fatal es inminente. Señorita… si esta paciente sigue recibiendo esta dosis, su corazón no soportará otra noche.

PARTE 3

Alma colgó el teléfono y se refugió en el baño de empleados. Se apoyó contra los azulejos cuarteados y amarillentos, sintiendo que las piernas no la sostenían. “Digoxina”. Ese medicamento ni siquiera aparecía en el expediente de Doña Gloria. Alguien se lo estaba administrando a escondidas, diluido en el suero o en pastillas sin rotular. Y ese alguien era el hombre que debía salvarle la vida, sobornado por el hombre que juró amarla.

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