Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

—Tranquilo —respondió el médico con frialdad—. Si subimos la dosis de golpe, va a ser obvio. El declive tiene que ser sostenido. El certificado de defunción dirá que fue una falla cardíaca masiva por su condición previa. Nadie hace autopsias a los infartados si el médico tratante lo avala. Y yo lo voy a avalar.

Hubo un silencio. Alma se asomó milimétricamente y vio a Roberto entregarle a Osvaldo un sobre manila grueso. Un sobre lleno de dinero.

—Ahí hay cien mil pesos —dijo Roberto—. El resto, el medio millón que acordamos, te lo doy el día que me entreguen el acta de defunción y yo tome el control de las farmacias.

Alma regresó corriendo a su estación, con el corazón golpeándole las costillas. Había presenciado el pago de un asesinato. Minutos después, sonó su celular. Era un número desconocido. Contestó con la voz temblorosa. Era el laboratorio privado.

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