Un estudiante universitario sin recursos limpió la casa de una anciana durante meses sin cobrar nunca… Tras su muerte, abrió una carta y descubrió por qué ella había confiado en él

Pasaron los meses.

Y ocurrió algo que al principio me molestó.

Carmen dejó de pagarme.

La primera vez me dijo:

—La próxima semana, Diego.

La segunda:

—Perdóname. En cuanto cobre una cantidad que estoy esperando.

La tercera:

—Te pagaré todo junto.

Al principio pensé en dejar el trabajo.

Yo necesitaba dinero.

Pero cada vez que pensaba en no volver, recordaba su casa vacía y aquella nevera casi sin comida.

Así que seguí.

Semana tras semana.

Mes tras mes.

Nunca recibí un solo peso.

Pero tampoco dejé de ir.

Incluso comencé a llevarle medicamentos cuando podía.

Una vez tuvo una crisis de presión y fui yo quien la llevó al hospital público.

Pasé casi seis horas sentado junto a ella.

Cuando finalmente regresamos a casa, estaba agotado.

Carmen me miró desde su cama.

—¿Por qué haces todo esto?
—Porque usted me necesita.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No, Diego.

Hizo una pausa.

—Creo que eres tú quien necesitaba encontrarme.

Aquellas palabras me parecieron extrañas.

No les di importancia.

Hasta meses después.

Una mañana llegué a su casa y nadie abrió.

Toqué varias veces.

—¿Carmen?

Nada.

Sentí un miedo terrible.

Llamé a un vecino.

Después a los servicios de emergencia.

Cuando finalmente entramos, la encontramos inconsciente.

La llevaron al hospital.

Yo me quedé esperando en el pasillo.

Horas después, un médico salió.

No necesitó decir demasiado.

Carmen había muerto.

Me quedé completamente inmóvil.

No era mi madre.

No era mi abuela.

No teníamos ningún vínculo de sangre.

Y, sin embargo, sentí como si acabara de perder a alguien de mi familia.

El funeral fue pequeño.

Algunos vecinos.

Un antiguo conocido.

Una mujer que dijo haber trabajado con Carmen muchos años atrás.

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