Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

Alma sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Quiso decirle que estaba confundida, que el encierro le hacía imaginar cosas, pero Gloria apretó su agarre.

—No estoy loca. Soy dueña de una cadena de quince farmacias en todo el estado. Conozco de medicamentos. Lo que me están dando aquí no me está curando… me está matando gota a gota. Y si me tomo la pastilla de esta noche, no sé si despierte mañana. No puedo creer lo que está a punto de pasar…

PARTE 2

Alma se quedó paralizada, mirando el pequeño vaso de plástico en sus manos. Contenía cuatro pastillas: una blanca grande, una amarilla, una rosa y otra blanca más pequeña. Era el cóctel recetado por el prestigioso doctor Osvaldo, el cardiólogo estrella del hospital, un hombre intocable con conexiones en el sindicato y la dirección.

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