Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

Alma abrazó el documento contra su pecho y lloró. Lloró con la misma intensidad con la que Gloria había llorado en aquella cama de hospital. Solo que estas lágrimas sabían a futuro, a justicia, a esperanza.

Seis meses después, Alma caminaba por el mismo pasillo de cardiología. Era temprano, la luz del sol se filtraba por las ventanas, iluminando el linóleo gastado. Llevaba su misma filipina impecable, su pluma y su libreta. Sin embargo, en el bolsillo derecho del pecho asomaba una credencial de estudiante de medicina.

Pasó frente a la habitación número siete. Ahora estaba ocupada por un abuelito que leía el periódico. Alma se detuvo un segundo, sonrió al recordar el rostro de Gloria y continuó su camino. Sus pasos ya no sonaban pesados ni cansados. Ahora caminaban con la fuerza implacable de quien sabe exactamente por qué lleva puesta esa bata blanca.

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