Alma abrazó el documento contra su pecho y lloró. Lloró con la misma intensidad con la que Gloria había llorado en aquella cama de hospital. Solo que estas lágrimas sabían a futuro, a justicia, a esperanza.
Seis meses después, Alma caminaba por el mismo pasillo de cardiología. Era temprano, la luz del sol se filtraba por las ventanas, iluminando el linóleo gastado. Llevaba su misma filipina impecable, su pluma y su libreta. Sin embargo, en el bolsillo derecho del pecho asomaba una credencial de estudiante de medicina.
Pasó frente a la habitación número siete. Ahora estaba ocupada por un abuelito que leía el periódico. Alma se detuvo un segundo, sonrió al recordar el rostro de Gloria y continuó su camino. Sus pasos ya no sonaban pesados ni cansados. Ahora caminaban con la fuerza implacable de quien sabe exactamente por qué lleva puesta esa bata blanca.