Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

Alma, temblando pero firme, señaló la puerta al fondo. Los ministeriales avanzaron. Entraron sin tocar. Se escucharon gritos, sillas arrastrándose y luego, la voz indignada de Osvaldo: “¡Esto es un atropello! ¡Voy a llamar a mi abogado! ¡Tengo fuero sindical!”.

—Tiene usted una orden de aprehensión por intento de homicidio calificado —respondió uno de los agentes—. Procedan a revisar los cajones.

Frente a todos, sacaron del escritorio del médico el sobre grueso de manila que Alma había visto la noche anterior, junto con un frasco sin etiqueta lleno de pastillas blancas. Digoxina pura.

Justo en ese momento, las puertas del elevador se abrieron. Era Roberto. Venía sonriente, con su abrigo caro y una bolsa de mandarinas frescas. Se detuvo en seco al ver a los policías sacando a Osvaldo esposado. La sonrisa se le borró, la palidez cubrió su rostro bronceado y dio un paso hacia atrás, intentando huir hacia las escaleras.

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