Cinco vestidos lavanda colgaban junto al espejo.
El mío estaba dentro de una bolsa arrugada, tirada en el suelo.
Cuando la abrí, descubrí aquel espantoso vestido naranja, talla doble extra grande.
—Hubo un problema con el proveedor —dijo Verónica, sin dejar de mirarse en el espejo—. Era lo único disponible.
—Pero tú hiciste el pedido hace tres meses.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que cancele mi boda por tu culpa?
Una de las damas bajó la mirada.
Mi hermana se levantó, se acercó a mí y susurró algo que jamás olvidaré:
—Por una vez vas a entender que no todo gira alrededor de ti. Y si te niegas a ponértelo, le diré a toda la familia que intentaste arruinar mi boda por envidia.
Miré el vestido.
Después miré a mi hermana.
Y tomé una decisión que ella jamás habría imaginado.
Me lo pondría.