PARTE 1
—¡Ponte ese vestido naranja y deja de hacer el ridículo! ¡Hoy es mi boda y no voy a permitir que tus complejos arruinen mi día! —me gritó mi hermana delante de las cinco damas de honor, mientras todas llevaban vestidos color lavanda perfectamente ajustados a sus cuerpos.
Yo sostenía entre las manos un vestido naranja fosforescente, tres tallas más grande que la mía. Parecía una carpa de feria.
Pero lo que más me dolió no fue el vestido. Fue la sonrisa de satisfacción que apareció en el rostro de mi hermana cuando vio mis ojos llenos de lágrimas.
En ese momento comprendí que aquello no había sido un error.
Mi hermana había preparado mi humillación.
Me llamo Lucía, tengo 31 años y vivo en Puebla. Soy arquitecta, tengo mi propio departamento y durante mucho tiempo pensé que, si trabajaba lo suficiente y me comportaba como una buena hija, algún día mi familia dejaría de tratarme como si yo fuera menos importante.