5. Mientras las otras cinco damas de honor se preparaban con sus vestidos lavanda, mi hermana me señaló una bolsa en el suelo. Dentro había un vestido naranja espantoso, tres tallas más grande. “Póntelo o vete, nadie te necesita aquí”, me dijo delante de todas. Respiré hondo, me lo puse y no reclamé nada. Pero esa misma noche, su esposo descubrió por qué mi vestido era diferente, y todo cambió…

—Esa muchacha hizo esto a propósito, ¿verdad?

Asentí.

—¿Tu madre sabe?

—Dice que estoy exagerando.

Mi tía apretó los labios.

—Toda la vida justificándole sus maldades.

Después me tomó la mano.

—No tienes por qué seguir soportándolo.

—Esta vez no voy a esconderme, tía.

Mientras tanto, desde la mesa principal, Verónica empezaba a notar que los invitados hablaban más de mi vestido que de la decoración.

Su sonrisa desaparecía cada vez que alguien me señalaba.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Renata se acercó a Andrés y le mostró algo en su celular.

Él escuchó atentamente.

Miró hacia mí.

Después volvió a mirar la pantalla.

Minutos más tarde se acercó a mi mesa.

—Lucía, necesito preguntarte algo. Por favor, dime la verdad.

—Claro.

—¿Verónica te dio ese vestido sabiendo que era diferente?

Lo miré directamente.

—Sí. Ella misma lo encargó.

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