Le molestaba que hubiera construido una vida propia sin necesitar su aprobación.
—Nunca intenté competir contigo —le dije.
—Pues yo siempre sentí que competías conmigo.
Andrés bajó la mirada.
—Verónica, podemos hablar de tus sentimientos cuando estemos solos. Pero nada justifica que hayas preparado esto para humillar a tu hermana.
Mi hermana quiso responder, pero él añadió:
—No voy a fingir que está bien solamente porque hoy nos casamos.
No hubo gritos adicionales ni un anuncio dramático de separación.
Andrés le pidió que se sentara y ambos se apartaron unos minutos para conversar.
La música volvió a sonar lentamente.
Algunos invitados retomaron sus conversaciones. Otros todavía nos miraban.
Yo regresé a mi mesa con las manos temblorosas.
Mi tía Rosario se sentó conmigo y me sirvió un vaso de agua.
—¿Estás bien, mi niña?
Por primera vez en todo el día, dejé escapar una lágrima.