—¿Y los gastos?
—Una barbaridad. Entre medicinas y cuidados, apenas alcanza.
Adrián observó cómo su hermana dejaba el bolso sobre una silla.
Dentro sobresalía una tarjeta bancaria.
Estaba a nombre de Carmen Salcedo.
No necesitó tocarla.
Por la tarde, Adrián acudió con su madre al despacho de una abogada especializada en patrimonio familiar, Elena Márquez.
Carmen autorizó personalmente la revisión de sus cuentas.
Los extractos revelaron una historia espantosa.
Durante 36 meses habían entrado puntualmente los 4.500 €. Sin embargo, gran parte desaparecía en pagos del todoterreno, reformas, restaurantes y matrículas universitarias.
También encontraron ingresos procedentes del alquiler de la casa familiar.
Pero Elena descubrió algo todavía más preocupante.
—Adrián, tu hermana tiene un poder notarial otorgado por Carmen después de su última hospitalización.
Carmen empezó a temblar.
—Yo pensé que firmaba para que pudiera recoger mis recetas.
La abogada examinó otro documento.
Su expresión cambió.
—Esto es mucho más grave. Patricia ha presentado una solicitud para vender la vivienda.
—¡Mi madre nunca autorizó una venta!
Elena señaló la última página.
—Aquí aparece una declaración firmada por Carmen indicando que desea trasladarse definitivamente a una residencia.
La anciana negó con la cabeza.
—Yo nunca he querido irme a ninguna residencia.
En ese preciso momento sonó el teléfono de Adrián.
Era don Rafael.
—Muchacho, ven inmediatamente. Patricia acaba de presentarse con 2 maletas. Dice que mañana se lleva a tu madre y que nadie volverá a verla por aquí.
PARTE 3
Adrián llegó a la habitación cuando Patricia ya estaba guardando las escasas pertenencias de Carmen.
—¿Qué haces aquí? —preguntó su hermana, desconcertada.
Él observó las maletas.
—Eso mismo quería preguntarte.
Patricia recuperó rápidamente la compostura.
—Estoy buscando un lugar mejor para mamá. Aquí no puede seguir viviendo.
Adrián miró las paredes húmedas.
—Lleva meses viviendo aquí. ¿Por qué tanta prisa ahora?
—Porque por fin he encontrado una residencia adecuada.
Carmen permanecía sentada en el colchón, con las manos entrelazadas.
Adrián reconoció aquel gesto. Su madre lo hacía cuando su padre se enfadaba y ella intentaba evitar una discusión.
—¿Quieres irte a esa residencia, mamá?
Carmen miró primero a Patricia.
—No quiero causar problemas.
—No te he preguntado eso.
La anciana tragó saliva.
—Quiero volver a mi casa.
Patricia soltó una carcajada nerviosa.
—Mamá, hemos hablado de esto. La casa necesita reformas y tú ya no puedes vivir sola.
—Pues contrataremos a alguien para acompañarla —respondió Adrián.
—¿Con qué dinero? Tú mismo dijiste que estab arruinado.
Adrián sostuvo su mirada.
—Te mentí.
El rostro de Patricia perdió el color.
—¿Qué?
—Mi empresa está perfectamente. Quería descubrir qué ocurría cuando creyeras que dejaría de enviarte dinero.
Patricia dejó caer una blusa sobre el colchón.
—No sé de qué estás hablando.
—Entonces explícame por qué mamá recoge latas mientras tú pagas tu coche con su cuenta bancaria.
Durante varios segundos nadie habló.
Finalmente Patricia señaló la puerta.
—Esto lo hablaremos nosotros 2. Mamá no tiene por qué escuchar tus acusaciones.
Carmen se levantó lentamente.
—Sí tengo que escucharlas. Es mi dinero.
Patricia la miró con una mezcla de sorpresa y enfado.
—Mamá, siéntate. Te estás poniendo nerviosa.
Volví a Sevilla sin avisar y encontré a mi madre recogiendo latas junto a la basura, aunque llevaba 3 años enviándole 4.500 € mensuales. Mientras ella pasaba hambre, mi hermana disfrutaba de una casa de lujo. «¡Yo me quedé aquí mientras tú te fuiste!», me reprochó. No discutí: llevé a mi madre al banco, pero allí descubrimos un documento firmado que escondía algo mucho peor.