Durante casi cuatro horas, el hombre sentado a mi lado invadió mi asiento del avión con las piernas y se burló cuando le pedí espacio: “Usted es pequeña, no necesita tanto”. Esperé hasta que entró al baño, llamé discretamente a la sobrecargo y tomé una decisión. Cuando regresó y vio mi asiento vacío, se quedó paralizado en el pasillo.

Y probablemente tenía razón.

Por eso, cuando vi al hombre que ocuparía el asiento de en medio, respiré hondo y sonreí.

Se llamaba Arturo. Tendría unos cincuenta años, era alto, ancho de hombros y vestía un suéter gris de buena marca, pantalones perfectamente planchados y mocasines de piel.

Apenas se sentó, abrió las piernas.

Su rodilla invadió mi espacio.

Al principio pensé que era accidental.

Me acerqué un poco más a la ventanilla.

Su rodilla avanzó también.

Esperé unos segundos.

—Disculpe, ¿podría mover un poco la pierna?

Arturo miró hacia abajo y después me miró a mí.

Soltó una pequeña risa.

—Señora, mírese. Usted es diminuta. No necesita tanto espacio.

Me quedé callada un instante.

—Pero pagué el asiento completo.

Movió la pierna unos centímetros.

PARTE2

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