Y probablemente tenía razón.
Por eso, cuando vi al hombre que ocuparía el asiento de en medio, respiré hondo y sonreí.
Se llamaba Arturo. Tendría unos cincuenta años, era alto, ancho de hombros y vestía un suéter gris de buena marca, pantalones perfectamente planchados y mocasines de piel.
Apenas se sentó, abrió las piernas.
Su rodilla invadió mi espacio.
Al principio pensé que era accidental.
Me acerqué un poco más a la ventanilla.
Su rodilla avanzó también.
Esperé unos segundos.
—Disculpe, ¿podría mover un poco la pierna?
Arturo miró hacia abajo y después me miró a mí.
Soltó una pequeña risa.
—Señora, mírese. Usted es diminuta. No necesita tanto espacio.
Me quedé callada un instante.
—Pero pagué el asiento completo.
Movió la pierna unos centímetros.