Parte 1
Tenía sesenta y un años y llevaba casi cuatro horas pegada contra la ventanilla de un avión porque el hombre sentado a mi lado parecía convencido de que mi asiento también le pertenecía.
Todo empezó antes de despegar.
Yo viajaba de Cancún a Tijuana para conocer a mi primera nieta. Mi hija Mariana había dado a luz tres semanas antes y llevaba días enviándome fotos por WhatsApp: Sofía dormida con los puños cerrados, Sofía bostezando, Sofía con un gorrito rosa demasiado grande para su cabeza.
Era mi primer viaje largo desde que Rafael, mi esposo durante treinta y cuatro años, había muerto el año anterior.
Él siempre decía que yo era incapaz de discutir con nadie.
—Lucía, si una silla te golpeara, tú le pedirías perdón a la silla.