Durante casi cuatro horas, el hombre sentado a mi lado invadió mi asiento del avión con las piernas y se burló cuando le pedí espacio: “Usted es pequeña, no necesita tanto”. Esperé hasta que entró al baño, llamé discretamente a la sobrecargo y tomé una decisión. Cuando regresó y vio mi asiento vacío, se quedó paralizado en el pasillo.

Parte 1

Tenía sesenta y un años y llevaba casi cuatro horas pegada contra la ventanilla de un avión porque el hombre sentado a mi lado parecía convencido de que mi asiento también le pertenecía.

Todo empezó antes de despegar.

Yo viajaba de Cancún a Tijuana para conocer a mi primera nieta. Mi hija Mariana había dado a luz tres semanas antes y llevaba días enviándome fotos por WhatsApp: Sofía dormida con los puños cerrados, Sofía bostezando, Sofía con un gorrito rosa demasiado grande para su cabeza.

Era mi primer viaje largo desde que Rafael, mi esposo durante treinta y cuatro años, había muerto el año anterior.

Él siempre decía que yo era incapaz de discutir con nadie.

—Lucía, si una silla te golpeara, tú le pedirías perdón a la silla.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *