Cuando regresamos a casa, mi hijo encontró su dormitorio vacío y preguntó entre lágrimas: “Mamá, ¿también tiraron a papá?”. Mi hermana se rio; había vendido su cama, sus juguetes y hasta el barco de madera que su padre fallecido le dejó. No discutí. Llamé al abogado que llevó la herencia de mi esposo. Horas después descubrimos que aquel barco escondía un secreto que mi madre jamás quiso que yo conociera.

“No exactamente.”

“¿Qué quiere decir?”

“Tomás está vivo.”

Me levanté tan rápido que golpeé la mesa.

“No.”

“Lo conozco desde hace diecisiete años.”

“Entonces sabe que nunca quiso saber nada de mí.”

Elena guardó silencio.

“Lucía, su padre lleva casi treinta años creyendo que usted no quiere saber nada de él.”

Tres días después entré en el despacho de Miguel.

Había un hombre mayor junto a la ventana.

Cabello blanco.

Chaqueta de mezclilla.

Hombros ligeramente encorvados.

Y un lápiz detrás de la oreja.

Me detuve.

Cuando era niña, mi padre trabajaba como carpintero y siempre llevaba un lápiz ahí.

A veces fingía no encontrarlo solo para hacerme reír.

El hombre me miró.

“Lucía.”

Yo apenas pude decir:

“El lápiz.”

Tomás tocó detrás de su oreja.

Sonrió.

Después empezó a llorar.

Sobre la mesa colocó una caja llena de cartas.

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