Yo había salvado esa casa una y otra vez.
Y nadie me había dado las gracias porque nadie sabía que era yo.
El domingo de Pascua llegué con Andrés y nuestra hija Sofía, de cuatro años. La mesa estaba preparada para veintidós personas, con vajilla antigua, copas de cristal y pequeños huevos decorados colocados entre las flores.
Mi madre examinó mi vestido apenas crucé el comedor.
«¿Eso te vas a poner?»
No respondí.
Verónica sonrió mientras acomodaba su pulsera.
«Déjala, mamá. Mariana siempre ha preferido parecer sencilla.»
Andrés me miró. Conocía aquella expresión en mi cara.
«Solo unas horas», me susurró.
Eso pensaba yo.
A mitad de la comida, mi madre dejó su copa sobre la mesa.
«Necesito 3.800.000 pesos antes del martes.»
La miré.
«¿Para qué?»
Su gesto cambió.
«No necesito justificarte cada peso que gasto. Considéralo una forma de devolver todo lo que hemos hecho por ti.»