Parte 1
Durante casi toda mi vida, mi madre consiguió hacerme sentir como la hija que había salido mal.
Mi hermana mayor, Verónica, se casó con un hombre cuya familia llevaba años moviéndose entre campañas políticas, despachos y cenas con empresarios. Mi madre, Teresa, hablaba de ellos como si aquella boda hubiera elevado nuestro apellido.
Yo, en cambio, me casé con Andrés.
Para mi familia, Andrés era simplemente «un hombre que trabajaba en finanzas». Nunca se molestaron en averiguar que administraba fondos de inversión ni que yo había construido mi propia empresa de consultoría patrimonial.
Tampoco sabían que, durante casi diez años, una empresa llamada Horizonte Patrimonial había pagado discretamente el predial atrasado, varias reparaciones estructurales y las mensualidades de un crédito hipotecario que mantenía a flote la vieja casona familiar en Querétaro.
Horizonte Patrimonial era mía.