—Sí. Lo de siempre.

Don Ernesto entonces comenzaba a preparar el pedido: varios kilos de pollo, carne de res, algunas vísceras y diferentes cortes económicos.
Al terminar, Clara pagaba en efectivo, guardaba cuidadosamente su compra y se marchaba.
Al principio, nadie preguntó nada.
Pero en un pueblo pequeño, cualquier costumbre diferente termina convirtiéndose en tema de conversación.
## Una rutina que despertaba preguntas
La primera persona en comentar el asunto fue Marta, dueña de la cafetería situada frente a la carnicería.
—¿Ustedes se han fijado en todo lo que compra esa señora? —preguntó una mañana mientras servía café.
—Debe tener una familia enorme —respondió uno de los clientes.
—Clara vive sola —contestó otro hombre.
Aquella respuesta cambió completamente la conversación.
Clara había perdido a su esposo muchos años atrás y sus dos hijos vivían en otras ciudades. Uno trabajaba como técnico y la otra se había casado y formado su propia familia.