PARTE 2: Contesté al teléfono mientras me servía una taza de café recién hecho.
Daniel ya estaba gritando al otro lado de la línea.
—¡¿Qué has hecho?!
Miré por la ventana de la cocina mientras el sol de la mañana empezaba a iluminar el horizonte.
—Buenos días, Daniel.
—¡No juegues conmigo, Audrey! ¡Han rechazado las transferencias! ¡Mis tarjetas de crédito no funcionan! ¡La tarjeta de Chloe tampoco! ¡¿Qué demonios has hecho?!
—¿Te refieres a las tarjetas de gastos de la empresa que utilizaste para reservar hoteles de lujo, vuelos y regalos personales? —pregunté con calma.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio absoluto. Entonces, de repente, su tono cambió.
—Audrey… cariño, estás confundida…
Casi me eché a reír.
—He descubierto doce autorizaciones sospechosas, tres intentos de transferencia por un total de más de once millones de dólares, 1,2 millones en gastos personales no autorizados y 3,6 millones en pagos a una consultora cuyo principal servicio parece ser irse de vacaciones contigo.
Daniel se quedó completamente en silencio…
—Pobre Audrey. No viste venir nada de esto.
Horas después me envió una foto desde el aeropuerto, convencido de que me había dejado sin nada. Le respondí con cuatro palabras que hicieron que me llamara de inmediato.
PARTE 1
A las dos de la madrugada permanecía completamente inmóvil mientras mi marido vaciaba nuestra caja fuerte, convencido de que yo dormía profundamente.
Antes de irse, Daniel se inclinó sobre mí, me besó en la frente y susurró:
—Pobre Audrey. No viste venir nada de esto.
Esperé hasta escuchar el clic de la puerta principal al cerrarse. Entonces abrí los ojos.
Daniel estaba completamente equivocado. Llevaba tres semanas esperando exactamente aquella noche.