La niña se puso rígida.
—No.
—Necesitamos saber con quién vives.
—No quiero regresar.
Aquello cambió inmediatamente la situación.
La directora pidió la presencia de la orientadora escolar.
Yo todavía no sabía por qué Valentina estaba allí, pero comprendí que no podía convertirla en un interrogatorio simplemente porque yo necesitaba respuestas.
Me senté frente a ella.
—No tienes que volver a ningún lugar donde estés en peligro. Pero necesitamos saber qué ocurrió.
Valentina comenzó a llorar.
Su madre había muerto hacía seis meses.
Desde entonces vivía con una tía y su pareja.
No describió violencia física grave ni nada parecido, pero habló de discusiones constantes, negligencia, días en que la dejaban sola y de un ambiente que la hacía sentir insegura.
La noche anterior había escuchado que pensaban enviarla con otro familiar al que apenas conocía.
Fue entonces cuando recordó el sobre de Lucy.
La tarjeta.
Y una frase.
—¿Qué frase? —pregunté.
Valentina me miró.
—“Si algún día estás completamente sola, busca a mi mamá. Va a hacer muchas preguntas y posiblemente se enoje conmigo, pero no te dejará tirada.”
Me cubrí la boca.
Era exactamente algo que Lucy habría dicho.
—¿Por qué te dijo eso?
La niña guardó silencio.
Entonces sacó el sobre y me lo entregó.
—Creo que ahora debería leerlo usted también.
Lo abrí.
Había cuatro páginas.
La primera empezaba:
“Vale:
Si estás leyendo esto porque las cosas se pusieron realmente mal, ve a San Gabriel y utiliza mi tarjeta. Ellos tienen el teléfono de mamá.
Sé que te prometí contarle la verdad yo misma.
Todavía no sé cómo.
Mi mamá ha sufrido suficiente y me da miedo que esto cambie la forma en que recuerda a papá.