Dos años después de enterrar a mi hija, aprendí a vivir con una regla sencilla: no contestar llamadas de su antigua escuela. Cada vez que veía aquel número en la pantalla, mi cuerpo recordaba automáticamente el día del accidente, la directora llorando y la voz que me pidió que fuera al hospital. Por eso, cuando el teléfono volvió a sonar un martes a las once y veinte de la mañana, estuve a punto de dejarlo pasar. Contesté únicamente porque pensé que quizá necesitaban algún documento pendiente.
—¿Señora Elena Morales? —preguntó una mujer—. La llamamos de la Escuela San Gabriel. Lucy está aquí en recepción y dice que necesita verla. Sentí que todo a mi alrededor desaparecía. Me agarré de la mesa y conseguí preguntar: “¿Qué acaba de decir?”. La mujer repitió el nombre completo de mi hija. Lucía Morales. Mi Lucy. La niña que yo había enterrado hacía exactamente dos años y nueve días.
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—Debe haber un error —dije.
La secretaria hizo una pausa.
—La joven nos entregó una identificación de estudiante con ese nombre y este número aparece como contacto de emergencia.
—Mi hija murió.
Del otro lado no se escuchó nada durante varios segundos.
—Señora Morales… lo siento muchísimo. No sabía.
—¿Qué edad tiene esa niña?
—Unos trece o catorce años.
Lucy habría tenido diecisiete.
Mi corazón siguió golpeando con tanta fuerza que podía escucharlo.
—No permitan que se vaya —dije—. Voy para allá.
Colgué.
No recuerdo haber recogido mi bolso.
No recuerdo cerrar la puerta.
Solo recuerdo conducir.
Mi nombre es Elena.
Lucy era mi única hija.