Las tres fueron trasladadas al hospital.
Lucy no sobrevivió.
No hubo dudas sobre su identidad.
No había desaparecido.
No había sido secuestrada.
No existía ninguna posibilidad racional de que dos años después estuviera sentada en la recepción de su escuela.
Lo sabía.
Y, aun así, mientras conducía, una parte absurda de mí comenzó a pensar:
“¿Y si cometieron un error?”
El dolor puede hacer cosas terribles con la lógica.
Llegué en quince minutos.
La directora, la señora Campos, me esperaba en la entrada.
Ella sí me conocía.
Cuando me vio, me abrazó.
—Elena, lo siento. Tenemos una secretaria nueva. No sabía lo de Lucy.
—¿Dónde está la niña?
La expresión de la directora cambió.
—Antes de entrar quiero prepararte.
—No necesito preparación.
—Se parece a ella.
Sentí frío.
—¿Qué?
—No exactamente. Pero hay algo…