El primer año fue difícil.
Tuvimos discusiones.
Ella guardaba comida en su habitación porque había vivido meses con inseguridad.
Se asustaba si llegaba tarde y yo preguntaba dónde estaba.
Interpretaba preocupación como control.
Yo, por otro lado, algunas veces veía a Gabriel en su rostro y me dolía.
Una tarde discutimos porque había llegado casi una hora tarde.
—¡No eres mi madre! —gritó.
Se hizo silencio.
Su rostro cambió inmediatamente.
—Lo siento.
Respiré.
—Tienes razón.
Empezó a llorar.
—No quería…
—No soy tu madre.
Me acerqué.
—Pero soy la adulta que está aquí. Y mientras vivas conmigo, necesito saber que estás segura.
Asintió.
Después preguntó:
—¿Está enojada?
—Muchísimo.
—Lucy dijo que se le pasaba rápido.
La miré.
—Lucy era una mentirosa.
Las dos comenzamos a reír.
Aquello terminó salvando la discusión.
Dos años después de que Valentina llegó a aquella escuela utilizando la identificación de Lucy, ocurrió algo que jamás habría imaginado.