Durante cinco años lloré a mi esposo como un hombre bueno que se había ido demasiado pronto.
Ahora descubría que también había sido capaz de construir una mentira enorme.
Eso no borraba todos nuestros años.
Pero los cambiaba.
Y no podía preguntarle:
¿Por qué?
¿Pensabas decírmelo?
¿Querías a Verónica?
¿Querías a Valentina?
¿Lucy se enteró de algo que tú intentaste esconder para siempre?
Los muertos dejan preguntas que nadie puede responder.
Valentina, mientras tanto, seguía existiendo en medio de todo aquello.
Y tuve que obligarme a recordar algo que Lucy había entendido antes que yo:
Ella no había hecho nada.
No era la infidelidad.
No era el secreto.
No era Gabriel.
Era una niña de trece años cuya madre había muerto y que había llegado a una escuela sosteniendo la tarjeta de una hermana fallecida porque era la única dirección segura que conocía.
Un día vino a verme acompañada por su trabajadora social.
Entró a mi casa.
Se quedó observando las fotografías de Lucy.
—Ella nunca me dejó venir aquí.
—Ya entiendo por qué.
Se acercó a una imagen.
—Esa chaqueta era mi favorita.
—¿Cuál?
—La azul.
—Lucy odiaba esa chaqueta.
Valentina sonrió.
—Por eso me la prestó.
La miré.
—¿La tienes tú?
Asintió.
Algo dentro de mí se rompió.
Durante dos años había buscado aquella chaqueta.
Pensé que se había perdido en la escuela.
—Me la dio una semana antes del accidente.
—¿Todavía la tienes?
—Sí.
La siguiente visita la trajo.
Cuando la vi tuve que sentarme.
Era una simple chaqueta azul.
Nada especial.
La abracé contra mí y lloré.
Valentina también.
—Perdón —dijo.
—No.
—Puedo devolvérsela.
—No.