—Nos vamos.
Ricardo se puso de pie.
—No.
—Sí.
—Mi hijo se queda aquí.
Me levanté con Mateo pegado a mi cuerpo.
Durante años me había dicho que la familia de Ricardo era estricta.
Tradicional.
Exigente.
Que Leonor simplemente había criado a sus hijos de otra manera.
Aquella noche entendí la verdad.
Ellos no querían respeto.
Querían miedo.
Ricardo dio un paso hacia mí.
—Lo estás volviendo débil.
—Tiene 7 años.
—Tiene edad suficiente para aprender consecuencias.
—¿Por hacer una pregunta?
—Por faltarme al respeto.
Miré a Leonor.
Esperaba que, al ver llorando a su nieto, reaccionara.
Ella cruzó los brazos.
—Los niños se recuperan.
Me quedé mirándola.
No negaba lo ocurrido.
Solo decía que no importaba.
Tomé mi teléfono.
Ricardo frunció el ceño.
—Guarda eso.
Abrí la cámara.
—Repítelo.
—¿Qué?
—Di frente a la cámara que ibas a aplastarle el dedo a un niño de 7 años para enseñarle respeto.