Sentí un nudo enorme.
—Entonces tú pensabas que yo estaba devolviendo algo sin saberlo.
—Algo así.
Raúl miraba la carta.
No decía nada.
Finalmente preguntó:
—¿Y la casa?
Amelia lo miró con incredulidad.
—¿Todavía estás pensando en la casa?
Todos empezamos a reír.
Hasta él.
—Lo siento.
Pero Amelia decidió aclararlo.
—La casa no será de Clara.
Sentí alivio.
No porque hubiera tenido dudas.
Porque quería que mis hermanos escucharan.
—Ya está dispuesto lo que ocurrirá con ella.
Yo levanté una mano.
—No necesito saber.
—Lo sé.
Raúl bajó la cabeza.
—Clara…
—Después.
La celebración continuó, aunque todos estábamos emocionalmente agotados.
Cuando mis hermanos se marcharon, Raúl se quedó.
Se acercó a mí.
—Fui un idiota.
—Sí.
—Pensé que…
—Sé exactamente qué pensaste.
—No era porque creyera que eres mala.
—Creíste que podía aprovecharme de una anciana.