No puedo aceptar eso.
Pero él respondió que si algún día tenemos la oportunidad de ayudar a alguien, entonces estaremos a mano.”
Empecé a llorar.
Mi madre nunca me contó nada.
Amelia siguió leyendo:
“Clara preguntó por qué tú estabas en el hospital cuando despertó.
Le dije que eres nuestra vecina.
No entiende que esa noche fuiste mucho más que eso.
Espero que algún día pueda hacer por alguien lo que tú hiciste por nosotros.”
La mesa entera quedó en silencio.
Miré a Amelia.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Tu mamá me hizo prometerlo.
—¿Durante treinta y siete años?
—Soy muy buena guardando secretos.
—Demasiado.
Se rio.
Después se puso seria.
—Cuando tu madre enfermó años después, quiso contártelo.
—¿Y por qué no lo hizo?
—Decía que parecería que estaba intentando obligarte a cuidarme algún día.
Eso era completamente de mamá.
Amelia continuó:
—Yo tampoco quería que supieras.
—¿Por qué?
—Porque cuando empezaste a venir después de que murió Marta, quería saber que venías porque querías.
Sentí un nudo enorme.
—Entonces tú pensabas que yo estaba devolviendo algo sin saberlo.
—Algo así.
Raúl miraba la carta.
No decía nada.
Finalmente preguntó:
—¿Y la casa?
Amelia lo miró con incredulidad.
—¿Todavía estás pensando en la casa?
Todos empezamos a reír.
Hasta él.
—Lo siento.
Pero Amelia decidió aclararlo.
—La casa no será de Clara.
Sentí alivio.
No porque hubiera tenido dudas.
Porque quería que mis hermanos escucharan.
—Ya está dispuesto lo que ocurrirá con ella.
Yo levanté una mano.
—No necesito saber.
—Lo sé.
Raúl bajó la cabeza.
—Clara…
—Después.
La celebración continuó, aunque todos estábamos emocionalmente agotados.
Cuando mis hermanos se marcharon, Raúl se quedó.