Los niños compartían el otro cuarto.
Compré platos usados, muebles económicos y aprendí exactamente qué supermercado rebajaba la carne los jueves por la noche.
Una tarde encontré a Camila metiendo billetes dentro de un sobre.
“¿Qué haces?”
Intentó esconderlo.
“Pensé que podrías necesitarlo para la renta.”
Eran sus ahorros de cumpleaños.
Me senté a su lado y se los devolví.
“Ese no es tu problema.”
“Pero mamá…”
“Yo pago la renta. Tú tienes nueve años. Tu trabajo es tener nueve años.”
Me observó un momento.
“¿Ahora somos pobres?”
La pregunta me atravesó.
“No. Estamos reconstruyendo.”
Aquella palabra se convirtió en mi religión.
Reconstruir.
Pedí más turnos en la clínica.
Por las noches comencé a llevar la contabilidad de pequeños negocios.
Antes de tener hijos había estudiado varios semestres de contabilidad, pero abandoné la universidad porque Mauricio y yo decidimos que era mejor que yo cuidara la casa.