Nada era perfecto.
Era un hogar normal.
Caótico.
Nuestro.
“Me siento libre.”
Camila sonrió.
Aquella noche, después de acostar a los niños, me quedé sola frente a la ventana de la cocina.
La lluvia corría por el vidrio.
Por primera vez en cinco años pensé en aquella puerta cerrándose sin sentir rabia.
Recordé a la mujer que yo era entonces.
Treinta y cuatro años.
Una maleta.
Tres hijos.
Casi nada de dinero.
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