lágrimas.
Abrazó al niño tan fuerte que el cubo cayó al suelo.
—No vuelvas a irte así.
Luego se volvió hacia mí.
—Señor Morgan, perdón. Yo pagaré las plantas.
—No ha dañado ninguna.
Tommy recogió el cubo.
—Solo quería llevarles tierra de un jardín bonito.
Elena cerró los ojos.
Entonces comprendí que no pretendía cavar una tumba con aquel recipiente.
Quería ofrecer algo a las personas que había perdido.
Nos sentamos en la cocina. María les sirvió comida y esperó hasta que Elena aceptó contarme lo ocurrido.
Su hija y su nieta habían muerto durante el mismo invierno. Habían recibido atención, pero las consultas tardías, las dificultades para trasladarse y las condiciones de la vivienda habían complicado todo.
Ahora los gastos funerarios pendientes se mezclaban con otra amenaza.
El desalojo.
Elena sacó de su bolso una hoja doblada.