—Al principio pensé que eran vitaminas.
Al principio.
Esas dos palabras me dolieron más que todo.
Porque “al principio” significaba que después había dudado.
Y aun así siguió entrando a mi cuarto cada mañana con la taza.
La ambulancia llegó por una entrada lateral. Me trasladaron sin pasar por la recepción. Adrián intentó acompañarme, pero los policías lo detuvieron. Su voz se elevó por primera vez.
—¡Ese es mi hijo!
La doctora Ríos caminó junto a la camilla.
—No —dijo sin mirarlo—. Es el paciente de Valeria. Y ella decide.
En el hospital, los especialistas retiraron el dispositivo sin dañar al bebé. Lo colocaron en un contenedor sellado. Tomaron muestras del residuo adherido. Revisaron mi sangre. Analizaron el líquido que quedaba en la taza.
Mi padre llegó antes del atardecer.
Venía con su chamarra de trabajo, llena de polvo, como si hubiera salido directo del taller en Tlaquepaque. Se quedó en la puerta, sin atreverse a entrar.
—¿Puedo acercarme, hija?
Esa pregunta me rompió.
Adrián nunca preguntaba. Adrián decidía.
Asentí.
Mi papá cruzó el cuarto, me tomó la mano y no preguntó por qué me había alejado 2 años. No me reclamó haber faltado a cumpleaños, comidas, Navidades. Solo dijo:
—Tu mamá viene en camino. Aquí nos quedamos.
Lloré sin hacer ruido.
A la mañana siguiente, la trabajadora social del hospital me entregó una carpeta.
Dentro estaban los primeros resultados.
Una sustancia sedante apareció en mi sangre en niveles que no coincidían con ninguna receta mía. La misma sustancia estaba en el líquido de la taza. Y rastros similares aparecieron en el dispositivo retirado.
El médico no usó palabras dramáticas. Solo dijo:
—Esto podría explicar sus mareos, lagunas mentales, debilidad y somnolencia.