Mi prometido levantó su copa delante de nuestras familias y dijo: “Quiero un acuerdo prenupcial. Tengo demasiado que perder”. Todos esperaban que discutiera; yo solo sonreí y respondí: “Me parece inteligente”. Dos días después llamé a mi abogada y entregué mi declaración financiera. Cuando el abogado de mi prometido vio la cifra de 7.180 millones de pesos, me llamó de inmediato… y entonces entendí qué era lo que él realmente quería proteger.

—Pensé que ibas a estar destrozada.

—Creo que habría estado destrozada si me casaba.

Durante las siguientes semanas Sebastián intentó hablar conmigo.

Primero pidió perdón.

Después prometió terapia.

Luego dijo que todo había sido un malentendido.

Cuando entendió que no cambiaría de opinión, llegó la etapa de la rabia.

Y ahí cometió su error más grande.

Durante una reunión con varios inversionistas afirmó que yo había ocultado deliberadamente relaciones financieras con empresas vinculadas a la suya y que probablemente había usado información privilegiada para acercarme a él.

No mencionó que nos habíamos conocido en una boda.

Tampoco mencionó que durante tres años jamás había preguntado nada sobre mis empresas.

El problema para Sebastián era que Altura Capital tenía una participación minoritaria en uno de los fondos que financiaban a uno de sus principales acreedores.

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