Parte 2: Durante las siguientes tres semanas Sebastián actuó como si hubiera ganado una batalla que yo jamás había peleado.
En una cena con inversionistas incluso bromeó:
—Uno tiene que proteger el castillo antes de abrir las puertas.
Todos rieron.
Yo también sonreí.
Esa misma noche hice una donación de 3.5 millones de pesos a la fundación anfitriona a través de una de mis empresas.
Sin mi nombre.
En el automóvil, Sebastián me dijo:
—Me gusta que estés manejando esto con madurez.
—¿El prenupcial?
—Sí. Muchas mujeres se pondrían sentimentales.
Miré por la ventana.
—Los contratos no deberían ser sentimentales.
Mientras tanto Mariana terminó nuestro documento.
Noventa y una páginas.
Todo quedaba separado.
Propiedades.
Empresas.
Dividendos.
Participaciones.
Rendimientos.
Ingresos reinvertidos.
Cualquier crecimiento futuro.
Si nos casábamos, ninguno tendría derecho automático sobre el patrimonio anterior del otro.