—Noventa y una páginas bastante útiles.
—Supongo que sí.
Mariana levantó su copa.
—¿Algún arrepentimiento?
Pensé en el vestido que había donado.
En los invitados a quienes tuvimos que avisar que no habría boda.
En los comentarios incómodos.
En las personas que me preguntaron durante meses qué había pasado.
También pensé en aquella primera cena.
Sebastián levantando su copa.
Su madre observándome con lástima.
Su hermano diciendo que él tenía más que perder.
Y yo respondiendo:
“Me parece una excelente idea.”
Sonreí.
—Ninguno.
Mariana chocó su copa con la mía.
—Por los acuerdos prenupciales.
Negué suavemente.
—No.
—¿Entonces?
Miré la ciudad.
—Por las personas que insisten en mostrarte quiénes son antes de que sea demasiado tarde.
Mariana bebió un sorbo.
Yo abrí nuevamente la carpeta.
En la primera página todavía estaban las cláusulas que Sebastián había exigido.