En otra grabación, mi hermana ordenaba utilizar la jeringa esa misma madrugada.
Llamamos una ambulancia.
En urgencias encontraron niveles enormes de sedantes en la sangre de papá.
La doctora fue clara.
“Esto no empezó esta semana. Alguien lleva meses manteniéndolo sedado.”
Entonces comprendí algo insoportable.
Mariana no había estado drogando a mi padre.
Había estado intentando despertarlo.
Fui a Tlaquepaque esa misma mañana.
Su madre abrió la puerta y ni siquiera me dejó entrar.
“Mi hija llegó aquí llorando porque su propia familia política la llamó ladrona y su marido no fue capaz de defenderla.”
No discutí.
Tenía razón.
Mariana apareció detrás de ella.
Le confesé las cámaras.
Todo.
Ella me miró como si la hubiera golpeado.
“¿Pusiste cámaras para vigilarme?”
“Sí.”
“¿Y necesitaste verme en una pantalla para saber quién era?”
No existía una respuesta que pudiera salvarme.
Así que no intenté inventarla.
“Fui un cobarde.”
Saqué el anillo de compromiso que ella había dejado en casa.
“No vine a pedirte que regreses. Vine porque mi padre está buscándote.”
Mariana no tomó el anillo.
Pero subió a mi camioneta.
Cuando entró a la habitación del hospital, papá abrió los ojos.
Ella tomó su mano.
“Ya llegué.”
Mi padre movió los labios.
Y por primera vez en dos años salió una palabra.
“Mariana.”
Ella se echó a llorar sobre la manta que mi madre había tejido.
Yo tuve que salir al pasillo.
Aquella noche reunimos todo lo que teníamos: los videos, el análisis de las pastillas, la jeringa, los recibos de Mariana y las declaraciones médicas.
También recibí una sorpresa del técnico de seguridad.
Aunque el esposo de Verónica había desconectado el internet durante 22 minutos, la cámara tenía memoria interna.