Mi hijo publicó nuestra historia y escribió: “Mi padre fue a prisión porque mi madre destruyó nuestra familia”. Quise defenderme, pero cerré el teléfono y me quedé mirando las cartas rechazadas, la sentencia de siete años y la foto de nuestros cuatro hijos. Pensé que esa era toda mi condena… hasta que descubrí que mi ex tenía una nueva familia ligada directamente al hombre con quien lo traicioné.

PARTE 1

—¿De verdad dejaste entrar a ese hombre a nuestra casa… y a nuestra cama? —preguntó Alejandro con la voz quebrada, mientras yo intentaba cubrirme y el hombre con el que llevaba meses engañándolo se levantaba del suelo.

Nunca olvidaré la manera en que mi esposo me miró aquella tarde.

No gritó al principio.

No me insultó.

Solo me miró como si acabara de morir alguien frente a él.

Y, de cierta forma, así fue.

Murió nuestro matrimonio de veinte años.

Yo tenía treinta y nueve años y, hasta entonces, cualquiera habría dicho que tenía una vida envidiable. Alejandro y yo nos conocíamos desde la preparatoria en Toluca. Fuimos novios jóvenes, estudiamos juntos, nos casamos y construimos una familia que yo creía indestructible.

Teníamos cuatro hijos: Diego, de dieciocho; Emiliano, de dieciséis, y nuestras gemelas, Renata y Lucía, de trece.

Alejandro era de esos hombres a quienes toda la familia llamaba cuando algo salía mal. Si mi hermano Rafael necesitaba dinero, consejo o ayuda para reparar algo, Alejandro aparecía. Si mi papá tenía que ir al médico, él se ofrecía a llevarlo.

Y conmigo era igual.

Nunca me trató como una princesa porque, según él, yo no necesitaba un trono.

—Eres mi compañera —me decía—. Caminamos a la misma altura.

Todos los días encontraba alguna forma de decirme que era hermosa.

El problema era yo.

Después de años sintiéndome incómoda con mi cuerpo, decidí cambiar. Durante casi un año hice ejercicio, cuidé mi alimentación y bajé más de veinte kilos.

De repente, la ropa me quedaba distinta.

Los compañeros del trabajo me hacían cumplidos.

Los hombres volvían a mirarme.

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