Casi un año después fui a visitarlo.
Antes de entrar, el personal le avisó que yo estaba ahí.
No entré sin preguntar.
Diego salió al pasillo con el cabello corto y una camisa azul marino.
El mismo color que elegía cuando éramos niños.
—Mari.
—Hola, Diego.
Sonrió.
En su habitación había un calendario visual. Algunos días tenían dibujos pequeños: supermercado, médico, lavandería, paseo.
No hacía todo solo.
Seguía necesitando apoyo para trámites, dinero y lugares nuevos.
A veces una cafetería llena era demasiado para él.
Había días en que cancelaba una salida porque el ruido lo superaba.
Nada de eso había desaparecido.
Lo que había desaparecido era la idea de que necesitar ayuda significaba perder el derecho a elegir.
Sobre el escritorio vi una cartera pequeña.
Diego podía usar cierta cantidad para sus compras. Algunas veces gastaba demasiado. Otras tardaba una eternidad decidiendo entre dos cosas.
Y nadie utilizaba esos errores como prueba de que nunca más debía tocar dinero.
Fue al refrigerador y regresó con una jarra.
—Jamaica.
Me sirvió un vaso.
Recordé al muchacho que, décadas antes, había recogido mi botella olvidada y me la había entregado sin que nadie se lo pidiera.
—Gracias.
Después sacó una caja llena de cartón, madera y lápices cortos.
—Mira.
Había construido una maqueta de su habitación.
La cama.
La ventana.
El escritorio.
El calendario.
Hasta una diminuta jarra roja que representaba el agua de jamaica.
Entonces vi la puerta.
La maqueta tenía una pequeña manija por fuera.
Y otra por dentro.
—¿También abre desde aquí? —pregunté.
Diego asintió.
Cerró la puertecita con un dedo.
Después metió la mano por el otro lado y la abrió.