Creí durante 18 años que mi hermano estaba en una institución porque mis padres repetían: “Aquí no podemos cuidarlo como necesita”. Pero cuando regresé a casa encontré dos candados en una vieja bodega y una pequeña figura de papel con mi apodo escrito dentro. No grité ni enfrenté a nadie; hice una llamada, y mis padres aún no sabían lo que estaba por descubrirse.

PARTE 2

Llegué sin tocar la puerta principal.

Rodeé la casa y fui directamente al patio trasero.

La vieja bodega seguía ahí.

Pero ya no parecía un cuarto abandonado para herramientas.

La tierra frente a la entrada estaba compactada por pisadas recientes. Un cable eléctrico salía de la casa y entraba por un agujero en la pared. Había una jarra de agua junto a la puerta.

Y entonces vi los candados.

Dos.

Ambos cerrados desde afuera.

Saqué el teléfono y tomé fotografías antes de tocar nada.

—¿Diego?

Silencio.

Me acerqué.

—Diego… soy Mariana.

Algo golpeó suavemente el piso del otro lado.

Dos veces.

Sentí que se me doblaban las piernas.

—No voy a hacerte daño. Si estás ahí, haz algún ruido.

Otra vez.

Dos golpes.

Encontré las herramientas de mi padre bajo un tejabán. Antes de romper el primer candado avisé:

—Va a sonar fuerte. Soy yo, Diego.

Me costó varios minutos. Cuando el segundo seguro cayó al suelo, empujé lentamente la puerta.

El olor a madera húmeda salió primero.

Después apareció una cama delgada, un calentador eléctrico, garrafones de agua, ropa limpia y platos.

Mis padres le daban comida.

Le lavaban la ropa.

Lo llevaban, aparentemente, al médico.

Pero también habían construido una puerta que él jamás podía abrir desde adentro.

Entré un paso.

Las paredes me dejaron inmóvil.

Estaban cubiertas con hojas, recortes, números, dibujos y pequeños modelos hechos con cartón y madera. Diego había reproducido calles del barrio, la estación, la antigua tienda de la esquina y cambios ocurridos en la colonia durante años.

No era caos.

Era un registro del mundo que no podía recorrer.

Entonces vi una silueta de papel.

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