Mi padre llegó detrás de ella, miró los seguros tirados y apretó la mandíbula.
—¿Quién te dio permiso para hacer esto?
Entonces mi teléfono vibró.
El trabajador del DIF estaba en camino.
Y por primera vez en dieciocho años, mis padres ya no podrían decidir solos qué versión de la historia era verdad.
PARTE 3
—Diego estaba aquí todo este tiempo, ¿verdad? —pregunté.
Mi padre no respondió.
Mi madre fue la primera en bajar la mirada.
—Es… como un centro —murmuró.
La miré sin poder creerlo.
—Una bodega detrás de su propia casa no es un centro.
Papá avanzó un paso.
—No entiendes la situación.
—Entonces explícamela.
—Diego no puede salir solo.
—¿Por qué?
Mi padre respondió inmediatamente:
—Porque no entiende.
Diego, detrás de mí, movió los hombros y apretó los brazos contra el pecho.
Reconocí la señal. Los gritos lo alteraban.
—Habla más bajo, papá.
Me miró como si jamás en su vida hubiera imaginado escucharme darle una orden.
—¿Ahora vienes tú a enseñarnos a cuidar a tu hermano? Nosotros hemos vivido esto más de treinta años.
—No estoy diciendo que nunca lo cuidaron.
Mi madre aprovechó la frase.
—¡Claro que lo cuidamos! Yo le llevaba desayuno, comida y cena. Le lavaba la ropa. En invierno le poníamos calefacción.
—Lo vi.
Ella pareció respirar aliviada.
Entonces terminé:
—Pero alimentarlo no les daba derecho a encerrarlo.
Papá golpeó la mesa metálica del patio con la mano.
Diego retrocedió.
—¡Lo hacíamos por seguridad!
Me volví hacia mi hermano.
—Diego, estoy aquí.
Esperé hasta que su respiración se calmó.
Mi padre señaló su reacción.
—¿Ves? Por eso no puede estar con extraños. Cualquier cambio lo altera.
—No. Ahora se alteró porque tú gritaste.