Verónica miró hacia la puerta.
Luego hacia el personal.
Después sacó un pequeño frasco oscuro.
Sofía vio cómo lo abría bajo la mesa.
Vio su mano acercarse al plato de Ernesto, protegida de su vista por un arreglo de flores.
Y vio caer varias gotas transparentes sobre la sopa.
Después Verónica guardó el frasco y volvió a sonreír como si nada hubiera ocurrido.
Sofía sintió que se le cerraba la garganta.
Su madre siempre le había dicho que, mientras estuviera en aquella casa, debía comportarse con educación y nunca interferir en los asuntos de los dueños.
Además, Marta necesitaba desesperadamente ese trabajo.
Vivían solas en un pequeño departamento y cada peso contaba.
Pero Sofía también recordaba algo que su bisabuelo Julián le repetía cuando era pequeña.
Julián había pasado muchos años en el servicio militar y participó después en misiones de rescate. En la familia todos lo llamaban “el Halcón” porque parecía darse cuenta de cosas que nadie más veía.
—Tener valor no significa no sentir miedo —le decía—. Significa hablar cuando sabes que guardar silencio puede hacer daño.
Sofía tenía miedo.
Muchísimo.
Pero cuando Ernesto levantó la cuchara, decidió hablar.
Ahora todo el comedor estaba paralizado.
Verónica fue la primera en reaccionar.
—Esto es ridículo —dijo con una risa seca—. Ernesto, es una niña. Seguro vio que saqué un perfume o unas pastillas de menta.
Ernesto bajó lentamente la cuchara.
—Sofía —preguntó—, ¿estás segura de lo que viste?
Marta quiso intervenir.
—Señor Salgado, perdónela. Yo me la llevo inmediatamente.
—No.
La voz de Ernesto fue tranquila.
Miró nuevamente a la niña.