PARTE 1
—Si tu mamá ya murió, no veo para qué tengo que perder dos días en un funeral —dijo Javier sin apartar los ojos del televisor.
Teresa todavía sostenía el teléfono en la mano. Acababan de avisarle que su madre, Elena, había muerto mientras dormía en su vieja casa de San Miguel de la Sierra, un pequeño pueblo de Jalisco rodeado de pinos. Tenía cincuenta y ocho años y llevaba veintiséis casada con Javier, pero aquella frase le dolió más que cualquier discusión de su matrimonio.
Fue sola al funeral.
Mientras los vecinos rezaban el rosario y servían café de olla con pan dulce, Teresa permaneció junto al ataúd recordando a la mujer que la había criado prácticamente sin ayuda. Su padre, Gabriel, había muerto más de treinta años atrás en un supuesto accidente durante una jornada de tala. Según le contaron entonces, un tronco cayó en una dirección inesperada y lo aplastó.
Elena nunca volvió a casarse.
Después del entierro, Teresa pasó la noche en la habitación donde había dormido de niña. Allí decidió dos cosas: vendería la casa y, al regresar a Guadalajara, pediría el divorcio.
A la mañana siguiente llegó Esteban, un agente inmobiliario recomendado por un conocido del pueblo. Revisó el terreno, fotografió la fachada y apenas hizo preguntas.
—Tengo un comprador que podría pagar un millón ochocientos mil pesos —dijo—. Pero quiere cerrar rápido. En cuarenta y ocho horas, si es posible.
La urgencia le pareció extraña, aunque Teresa no le dio demasiada importancia. La propiedad era vieja, pero el terreno había aumentado de valor desde que pavimentaron la carretera.
Cuando Esteban se marchó, doña Lupita, una vecina de ochenta años que había sido amiga de Elena desde joven, se acercó apoyándose en su bastón.